Amor generacional eterno
«El amor de mis hijas es una maravilla para el corazón. Me evoca el deseo de revivir aquellos tiempos cuando ellas eran la niñas apreciadas y amadas por sus padres. Hoy, las veo como madres protectoras, e igualmente amadas por mis nietos queridos.»
Basta mirar unos años atrás para ver la belleza que encierra la vida. Sembrar para cosechar algo que no habíamos previsto es una bendición para la cual el corazón —ante tanto amor recibido— no siempre está preparado. Esta es una de las incógnitas más profundas de la existencia: el amor generacional. De lo más profundo del alma emanan el aprecio, el cariño y el deseo de ver crecer a aquellos que dejamos en este mundo como semillas que han germinado. Aprender a amar junto a ellos ha sido, y sigue siendo, el mayor logro de mi vida.
La esperanza que depositamos en Dios es el fundamento que nos impulsa, por medio de Su Espíritu Santo, a actuar con amor en cualquier circunstancia, incluso ante las dificultades que surgen en la cosecha de la vida. Esta nueva generación es puesta ante la misericordia divina cada día, desde que llegaron a la familia, y lo mismo ocurrirá con los que vendrán después. Observar Su fidelidad en el día a día nos da la certeza de que ellos también serán alcanzados, tal como nosotros conocimos Su gracia a través de Jesucristo.
Este encuentro es el deseo diario de mi corazón, expresado en firmes e insistentes súplicas ante el Trono de la Gracia, independientemente de la situación que estemos atravesando. No esperamos días fáciles, sino desafiantes, en los que cada vivencia moldee nuestro carácter y capacite a los jóvenes para afrontar la vida cotidiana. Esto proyectará, a lo largo del tiempo, frutos de justicia que se transformarán en la imagen nítida de un futuro prometedor.
No nos apoyamos en nuestras propias fuerzas, sino en la obra consoladora y orientadora del Espíritu Santo, que nos acompaña siempre y presenta nuestros ruegos al Padre. Esta es, y será, nuestra victoria: al llegar al final, alzaremos nuestra bandera de gloria, que no es otra que la obra redentora de Cristo en la cruz y Su resurrección. Clamo por esta generación, nacida de nuestras entrañas, para que permanezca firme en la promesa escrita en Su Palabra. ¡Bendito sea el nombre de Dios sobre ella!
Que sean fructíferos y abracen el mandato establecido desde el principio: crecer, multiplicarse y gobernar la tierra hasta la segunda venida de Cristo, cuando seremos transformados. Esto abarca tanto el cuerpo como el alma, la cual ya ha experimentado el nuevo nacimiento gracias a la obra del Espíritu Santo.
¡Avanzad, generación enriquecida por este Amor que está sobre vosotros! ¡Avanzad sin temor, pues este amor es profundo y seguro! Amén.

