Portal de Jerusalen

Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados.

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Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados.

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¿Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste? (S. Mateo 23:37)

Increíblemente, el propio pueblo que tanto clamó por un Rey Salvador y defensor de sus derechos mata a sus profetas y apedrea a aquellos que le son enviados para ayudar en la construcción de una sociedad mejor, según el entendimiento de su vida espiritual. El pasaje en cuestión describe una de las situaciones más dolorosas para quien pronunció esas palabras. Estando a punto de morir por ellos, tuvo esa visión —o más bien, ese mensaje enviado del cielo para su pueblo— y clamó a sus puertas como un último descanso; un suspiro de profeta que recibe una revelación sumamente cruel para su corazón de Salvador enviado.

En muchas de las congregaciones actuales, siempre se levanta el clamor por la falta de obreros para la Mies, basándose en el versículo de Mateo 9:37-38: «Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies». Sin embargo, la mirada de misericordia de Jesús difiere totalmente de la de quienes hoy piden lo mismo, pues estos últimos suelen pretender que los obreros por los que tanto claman se conviertan en partidarios de los ministerios particulares de aquellos que, en su momento, atendieron a ese llamado. Corresponde a cada uno verificar verdaderamente en qué tipo de actividad desea que trabajen dichos obreros.

La labor mencionada por Jesús no es otra que trabajar buscando vidas dispuestas a aceptar el anuncio de las buenas nuevas, en contraposición a la ley impuesta para cumplir cabalmente la ley de Moisés. No obstante, la evangelización que encomienda el Señor de la Mies consiste estrictamente en hacer entender al pueblo el nuevo mandamiento para seguir rumbo al Cielo. Fuera de esto quedan las pequeñeces de las actividades secundarias; considero que es trabajo del Espíritu Santo colocar en los corazones las órdenes y reglas que a Él le plazca, y que esto no depende de pareceres humanos con tanta devoción al ministerio propio. La necesidad de compañeros para el ministerio cristiano que cada uno de nosotros tiene debe ser suplida por el mismo Espíritu, impulsada por sus mandatos y recordando que cada uno posee la asignación particular de edificar y hacer crecer la obra.

El siguiente texto se encuentra en 1ª Corintios 3:6-9:

«Yo les anuncié a ustedes la buena noticia de Jesucristo, y Apolo les enseñó a seguir confiando en él, pero es Dios quien los ha hecho confiar más en Cristo. Así que lo importante no es quién anuncia la noticia ni quién la enseña; el único importante es Dios, que es quien aumenta nuestra confianza en Cristo. Tanta importancia tienen los que anuncian la noticia como los que la enseñan. Cada uno de ellos recibirá su premio, según el trabajo que haya hecho. Apolo y yo somos servidores de Dios, y ustedes son como un campo de trigo, como un edificio construido por Dios, del cual Dios es el dueño».

A partir de esta afirmación, y sin entrar en un contexto que resultaría muy enriquecedor pero que nos desviará de la meta de este escrito, se hace un llamamiento a perseverar; a no pedir para luego apedrear o matar el ministerio particular al que cada uno fue llamado. La visión de cómo proceder en cada ministerio es individual. Con la creciente cantidad de locales que tenemos desde donde se predica el evangelio y se enseñan las doctrinas de Jesucristo, estos parecen utilizarse más bien para seguir reglas impuestas de crecimiento en cantidad y no en calidad. El pastoreo, como lo llamamos hoy en día, debe orientarse a llevar al pueblo a un entendimiento personal de su lugar en el ministerio encomendado.

Mientras tanto, lo que más se observa es la estricta exigencia de diligencias y actividades dentro del cuerpo local. Estos arreglos y dinámicas nos roban el tiempo necesario para cuidar de nuestra vida diaria, atender el trabajo secular y mantener el buen testimonio ante quienes constantemente observan nuestro comportamiento como discípulos de Cristo. Este testimonio vivo habla con fuerza y es contundente para la evangelización demandada por Jesús como obreros anunciadores de la vida eterna.

Cabe aclarar que muchos de los que fundaron ministerios erigidos en locales de predicación deben tener en cuenta que cada persona que se agrega es enviada por el Espíritu. Por lo tanto, corresponde preguntar cuál es verdaderamente su función dentro de las divisiones de actividades establecidas por esa organización. La crítica constructiva es y será fundamental en estos casos, considerando este detalle tan apremiante en nuestra época. El error radica en tomar las cosas a la ligera y no consultar a quien está a nuestro lado, es decir, al Espíritu Santo, sobre la forma de actuar frente a situaciones tan complejas que nosotros mismos provocamos al crear locales de culto. Son detalles efímeros que conducen a discusiones torpes dentro del mismo cuerpo local; cosas que consumen nuestro tiempo y nos roban oportunidades de crecer espiritualmente. A menudo nos vemos truncados por mandamientos y reglas en los que, como discipulador, muchas veces he caído, dando a entender —queriendo o no— un deseo de llevar el agua a mi propio molino, priorizando el ministerio que me fue encomendado a mí y no al que llega con deseos de ayudar.

La ayuda es necesaria porque nadie edifica solo un local de culto. Se debe comprender que este espacio representa simplemente las llamadas «cuatro paredes», levantadas para nuestra comodidad y para rendir la devoción debida al Señor de los Cielos, estudiar Su Palabra y meditar en lo que el Espíritu hable a nuestros corazones. Esto fue lo que Jesús anunció: que no estaríamos solos. Esas palabras no fueron únicamente para los doce discípulos en particular, porque lo que sigue es fundamental para enseñar todas las cosas. Juan 14:26 declara:

«Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho».

Este versículo clave marca un antes y un después en la vida de los discípulos quienes, a mi parecer, no comprendieron del todo el fundamento del mensaje en ese momento. Tanto es así que toda la complicación posterior sobrepasó el entendimiento de los allí presentes. Sólo más tarde pudieron asimilar la visión de esa promesa de acompañamiento. Esto queda claro cuando desarrollamos nuestros llamados en los puestos debidos a lo largo de nuestra vida. Prácticamente pretendemos pasar de largo este proceso sin prestar atención a que la madurez llega con el tiempo; no surge de la noche a la mañana como la vida de inmediatez que llevamos hoy en día.

Recuerdo que, en el pasado, para investigar sobre un tema debía acudir a la biblioteca y hojear infinidad de libros para comprender ciertas tareas encomendadas. Eran enseñanzas sobre temas exigidos por ministerios independientes o asuntos que personalmente debía desarrollar conforme a la visión que el Espíritu me daba. Aquello requería tiempo y labor para llegar a una conclusión sobre el tema en cuestión. Hoy tenemos la posibilidad de llevar en el bolsillo la información no solo de una biblioteca, sino de miles de ellas a nuestra disposición. Comparar datos está al alcance de la mano con solo pulsar la pantalla de aparatos cada vez más modernos. El afán de obtener esa información es genuino; sin embargo, hemos dejado atrás el aprendizaje de la paciencia, que es un fruto del mismo Espíritu que nos llamó para mostrarnos cómo vivir esta vida tan deseada.

La frase hecha «no tengo tiempo» es utilizada por millones de personas. Podríamos escribir testimonios de individuos que pasaron casi una vida entera para, al llegar a la vejez, comenzar a entender cuál es el verdadero llamado que Dios colocó en sus corazones cuando fueron convencidos de pecado por el mismo Autor de la vida. Si nos detenemos a observar este hecho, nos daremos cuenta de cuánto tiempo hemos perdido en realidad por querer ganar tiempo.

Lo mismo ocurre con el tema inicial: es necesario aclarar nuestras ordenanzas personales, esas que pretendemos que cumplan quienes nos fueron enviados para acompañarnos, en lugar de permitirles realizar su propia labor. Acompañar es diferente a imponer nuestros propios mandatos. Ellos son personas usadas por el Espíritu para dedicarse, de su parte, a nuestro cuidado; como ángeles que custodian nuestro entorno o como escudos que apagan las flechas encendidas del mismísimo infierno que buscan incendiar nuestras actividades y consumir nuestras obligaciones. Son flechas ardientes que no solo queman dichas acciones, sino que consumen el propio aire que nos rodea. Para permanecer encendidas, necesitan quemar oxígeno y utilizan el que tenemos a nuestro lado.

La ciencia lo explica: el fuego que ves a tu alrededor necesita consumir el oxígeno de tu entorno para seguir ardiendo. El fuego es una reacción química de oxidación rápida conocida como combustión. Para que exista y se mantenga, requiere de tres componentes esenciales (lo que en ciencia se conoce como el triángulo del fuego):

  1. Combustible: El material que se quema (madera, papel, gas, etc.).
  2. Comburente: El agente oxidante, que en nuestro planeta es casi siempre el oxígeno gaseoso (O2) presente en el aire que respiras.
  3. Calor: La energía mínima necesaria para iniciar y mantener la reacción.

Si el fuego se queda sin el oxígeno que está a su alcance (por ejemplo, si lo tapas con un vaso de vidrio o usas un extintor que desplace el aire), la reacción química se interrumpe de inmediato y el fuego se apaga. El aire de nuestra atmósfera tiene aproximadamente un 21 % de oxígeno; si ese nivel baja de un 15 % o 16 % en un espacio cerrado, la mayoría de los fuegos comunes no pueden continuar. (Nota: Existen excepciones muy específicas en la química o en el espacio, como los cohetes, que viajan con su propio suministro de oxígeno o comburente químico sellado, lo que les permite generar fuego en el vacío; pero cualquier fuego normal en tu habitación depende enteramente del mismo aire que estás respirando).

Estrictamente basado en las Escrituras, el buen comportamiento no es una lista de reglas morales humanas, sino la manifestación visible del Fruto del Espíritu a través de una conducta santa, íntegra y ordenada por la Palabra de Dios, la cual glorifica al Padre y sirve al prójimo. Estos son los dos grandes mandamientos. La Biblia lo define explícitamente a través de estas acciones directas para que tu fuego permanezca encendido sin consumir tu oxígeno espiritual:

No apagar el fuego divino: La instrucción es tajante en 1 Tesalonicenses 5:19:

«No apaguéis al Espíritu». El fuego se apaga cuando le quitas el oxígeno a través de la indiferencia.

Huir de las pasiones que roban el oxígeno: Para que el fuego purifique en lugar de consumir tu paz, 2 Timoteo 2:22 ordena:

«Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor».

Renovar la mente diariamente: El buen comportamiento requiere cambiar la atmósfera en la que vives. Romanos 12:2 dice:

«No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento».

Someter la carne (el combustible terrenal): Si alimentas el fuego equivocado, te destruyes. Gálatas 5:16 dice:

«Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne».

Mantener la disciplina comunitaria: El fuego se mantiene vivo junto a otros carbones. Hebreos 10:24-25 exhorta a estimularnos al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos.

Estos son los puntos que deberíamos repasar antes de exigir que los demás actúen como nosotros queremos y pensamos que deben ser, tal como se explica en el último punto sobre mantener la disciplina comunitaria. A menudo, esa disciplina se impone conforme a nuestro propio parecer y no al del Espíritu Santo. Innumerables veces he exigido a mis pupilos que hagan las cosas como a mí me parece que deben hacerse. Sin embargo, reconozco que no solo malinterpreté el asunto, sino que tampoco supe expresar lo que verdaderamente debía realizarse.

La gran incógnita es saber cómo proceder para que mi parecer no influya en la vida de los demás, sino que sea el parecer del Espíritu Santo el que dicte las instrucciones tanto a mi corazón como al de ellos. La enseñanza que siempre he intentado transmitir no ha sido otra que añadir, a lo que ya conocen en sus corazones, el deseo de realizar la obra que Dios depositó en ellos desde el principio, hasta el punto de investigar juntos para servir mejor. Así, el mensaje de salvación llegará de forma más clara al entendimiento de las personas que asisten a las transmisiones en directo, permitiéndoles formar una opinión propia del mensaje y actuar según la guía del mismo Espíritu. Esa es la función última de la tutoría que debería ejercer en mi servicio al Señor.

Muchas veces resulta imposible llegar a un resultado firme debido a circunstancias que hasta hoy no he podido definir con profundidad, ya que cada persona recibe la información de una manera distinta y la procesa de acuerdo con sus necesidades y la situación en la que vive. La frase bíblica en la que se fundamentan muchas organizaciones es «servir sin preguntar el porqué». A la larga, esto acarrea decepciones a los servidores, quienes terminan abandonando su llamado con rabia e incertidumbre en el corazón, preguntándose a quién están sirviendo finalmente: ¿al Señor o al dueño del ministerio fundado?

Esta es y será una constante fuente de problemas por solucionar, porque no tenemos tiempo para dar explicaciones ni tampoco para recibirlas; estamos demasiado ocupados obedeciendo la premisa de no perder el tiempo. Las 24 horas del día resultan muy cortas en estos tiempos modernos. Necesitamos añadir horas a nuestros días para solventar las obligaciones y terminamos tropezando con burocracias que impiden avanzar en la edificación como miembros del cuerpo de Cristo. Exigir más de lo debido es más común de lo que parece en el transcurso de nuestra vida. Ciertas obligaciones simplemente no deberían existir en nuestra convivencia diaria con la congregación.

«No exijan más de lo debido a aquellos que están para servir al Reino de los Cielos».

Esa debe ser la consigna o la máxima como vengo diciendo estos últimos tiempos en estudios, que enarbolemos en lo alto. No matemos ni apedreemos a quienes son enviados desde el cielo para ayudarnos en nuestros ministerios. Esa es la frase final que evoca el principio. Dejar en las manos del Señor ciertas pequeñeces es vital para continuar perseverando en el llamado. ¡Amén!

Davi BlumenthalJerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados.AUTOR |  Image Alt

Davi Blumenthal

Y por sobre todo, con el deseo de que sea una referencia más del cuidado y Amor absoluto de Dios en cada tramo de nuestras vidas.

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